Contra la esclavitud y la extorsión

Antonio Gil Albarracín

Doctor en Historia.

Académico correspondiente de las Reales Academias de Bellas Artes de Nuestra Señora de las Angustias de Granada, de San Fernando de Madrid y de Alfonso X el Sabio de Murcia.

En el pasado el mar ha sido la principal vía de comunicación y transporte de la Humanidad, situación que se mantiene a pesar del enorme desarrollo en buena parte de la tierra, desde hace dos siglos, de las infraestructuras terrestres, viarias y ferroviarias, y durante el último siglo del desarrollo de la aviación.

Durante la mayor parte de la historia de la humanidad el mar ha sido la principal vía de comunicación entre aquellos territorios costeros que han contado con las ventajas proporcionadas por la facilidad de acceso a dicho medio; este hecho ha dado lugar a que los habitantes se asentaran junto a unas costas que siempre han disfrutado de las ventajas de la comunicación marítima. Sin embargo la accesibilidad, que ha facilitado la difusión de personas, ideas, cultivos y tecnologías, también ha permitido las agresiones de todo tipo, con su reguero de destrucción, saqueo, extorsión y muerte o esclavitud de los apresados.

A orillas del mar se han formado Estados e Imperios y se ha producido el enfrentamiento entre aquellos que disputaran la hegemonía sobre el territorio a los que lo controlaban o se habían establecido en el mismo. Sirvan de ejemplos los sucesivos enfrentamientos entre Roma y Cartago, que acabarían con la destrucción de este último o los seculares enfrentamientos hispano-británicos en el océano Atlántico.

Estos enfrentamientos obligaron a los mandatarios a contratar ingenieros militares y encargarles proyectos de fortificación de los puertos más codiciados y activos de las costas en disputa. Sirvan de muestra las fortificaciones de Cádiz o Cartagena de Levante, en Europa, Mazalquivir, en África, o Cartagena de Indias, La Habana, o San Juan de Puerto Rico, en América, entre otros muchos.

Normalmente se recuerda con merecida repugnancia la trata de población de color que trasladó a la fuerza a millones de personas desde África a América, pero resulta mucho menos conocida la esclavitud padecida por habitantes europeos trasladados a África, tras haber sido apresados en ataques, que también dejaban familiares y conocidos sometidos a la extorsión del rescate para recuperar la libertad de dichos cautivos, que solo a veces se lograba.

El enfrentamiento desarrollado entre los siglos XV y XVIII entre los asaltantes musulmanes afincados en la costa meridional mediterránea, bajo la tutela del Imperio Turco, y los habitantes de las costas septentrionales de dicho mar, especialmente italianos y españoles, se ha tildado de guerra de baja intensidad, como si las víctimas de dichas acciones no sufrieran la guerra en toda su intensidad.

Durante la antigüedad y la edad media se construyeron atalayas y fortificaciones diversas que facilitaran la defensa de la costa, con especial preocupación por sus puertos, ciudades y poblaciones principales. Sin embargo sería durante el reinado de Felipe II cuando la Corona encargó planes de defensa a ingenieros militares que erizaran de defensas las costas europeas del Mediterráneo, formando una sucesión de fortificaciones, comunicadas visualmente entre sí, con el fin de alertar a las poblaciones inmediatas y convocar a los vecinos agrupados en milicias armadas para el socorro de las costas agredidas.

La empresa acometida durante el reinado de Felipe II fue de extraordinaria complejidad, como se puede comprobar en el estudio pormenorizado de dicho proyecto en un sector en la costa de Murcia, encomendado a Juan Bautista Antonelli y a Vespasiano Gonzaga Colonna, ambos italianos pero súbditos de la Monarquía. El primero reconocido ingeniero militar. El segundo aristócrata que desempeñó varios virreinatos al servicio de Felipe II, con amplios conocimientos de ingeniería militar, que le permitieron proyectar la ciudad renacentista ideal de Sabbioneta, en el valle del Po, que fue incluida el año 2008 como Patrimonio de la Humanidad por la UNESCO.

El proyecto de fortificación, que habría de ser sufragado por los vecinos de la zona a defender, incluía un elevado número de torres o atalayas, mayor en el proyecto de Antonelli que en el de Gonzaga; sin embargo, probablemente por motivos económicos solo parte de ellas fueron erigidas en las décadas siguientes, siguiendo normalmente un modelo de torre hexagonal que fue propuesto por Vespasiano Gonzaga y adoptado por Juan Bautista Antonelli.

Más allá de la eficacia del dispositivo defensivo establecido en las costas europeas, que indudablemente dificultaría las acciones enemigas y alertaría a los habitantes próximos a las costas para que pusieran a salvo sus propiedades y sus propias vidas; serían los tratados de Paz y Comercio firmados por la Monarquía española, durante el reinado de Carlos III, con los poderes africanos situados a orilla del Mediterráneo y el Imperio Turco, los que liquidaron esta guerra de baja intensidad que se mantuvo brutalmente activa durante tres siglos, sometiendo a la esclavitud buena parte de la población de la costa europea del Mediterráneo.

Para mayor información:

GIL ALBARRACÍN, Antonio. La defensa de la costa de Lorca en los siglos XVI y XVII. Alberca, 15. Lorca (Murcia), pp. 169-240.

China, 1585: de la utopía a la realidad

Diego Sola*

Las utopías han sido siempre un viaje sugerente tanto para los que se embarcaban en ellas como para los que saben de la suerte del viajero en la distancia y pueden compartir, de algún modo, su sueño. Hace algo más de cuatro siglos un fraile agustino se embarcó en uno de esos viajes que no llegaron, geográficamente, a ninguna parte y que, sin embargo, cambiaron las expectativas, anhelos y opiniones de muchos de sus contemporáneos. El fraile en cuestión, Juan González de Mendoza, recibió en 1581 un encargo del rey Felipe II: encabezar, junto a otros dos hermanos de la Orden de San Agustín, una embajada en su nombre a China para encontrarse con el emperador, Wanli, y hacerle llegar los deseos de amistad, comercio y evangelización del monarca español. El encuentro entre los emisarios del rey y el tianzi, el Hijo del Cielo, jamás tuvo lugar, pero como resultado de un largo y complejo proceso de gestación de la embajada, Juan González de Mendoza se convirtió en una de las mayores autoridades en materia china de la Europa de finales del siglo XVI con la publicación de su libro, la Historia del Gran Reino de la China (1585).

De cómo un religioso que nunca estuvo en Asia pudo convertirse en un muy leído y citado «cronista de China» (como llegó a intitularse a sí mismo años después de publicar su obra) he podido dar cuenta en la tesis doctoral dirigida por los profesores Joan-Lluís Palos y Joan-Pau Rubiés La formación de un paradigma de Oriente en la Europa moderna: la «Historia del Gran Reino de la China» de Juan González de Mendoza, leída en la Universidad de Barcelona a finales de 2015 y que ahora se encuentra disponible en TDX. Para entender la fortuna intelectual de este fraile historiador, hombre de corte, memorialista, futuro obispo autoproclamado defensor de la causa de los indios, hemos de viajar a una corte de Felipe II en la que, con ocasión de la unión de las coronas española y portuguesa, se fundó el laboratorio de conocimiento sinológico más importante de Europa de la década de 1580. El rey español reunió en su cartera de secretos las relevantes informaciones –mediadas a través de cartas, relaciones y mapas– de los portugueses, pioneros décadas atrás de los contactos con China, junto al abundante material que se generaba en las islas Filipinas, convertidas en dominio de la Monarquía española, y situadas a escasos días de navegación de las provincias del sur de China. Para construir su propio relato, González de Mendoza tuvo a su alcance muchos de estos materiales, entre los que se encontraban libros chinos sacados del Celeste Imperio por fray Martín de Rada, también agustino, un reconocido cosmógrafo que había logrado entrar por unas semanas en China en verano de 1575.

La Historia de la China de Juan González de Mendoza, nutrida de fuentes portuguesas y españolas, de relaciones agustinas y también franciscanas, escritas y orales, ofreció a la Europa letrada de final del Renacimiento una brújula para poder guiarse imaginariamente por la compleja civilización china. Hasta la aparición de la obra del agustino, el marco de interpretación dominante había estado claramente condicionado por el testimonio de Marco Polo consignado en su Il Milione (1300), más popularmente conocido como El libro de las maravillas: China como paraíso terrestre, una tierra grande, rica y maravillosa. El comerciante veneciano, tras casi dos décadas de experiencia en el «País del Centro», había quedado prendado de su exuberante abundancia material y su lujo incomparable. El libro de González de Mendoza proporcionó a la República de las Letras europea una imagen actualizada, igualmente admirativa, pero sin la áurea maravillosa de la de Marco Polo. China como paraíso mercantil con un gobierno prudente y ejemplar y con una única tara: su idolatría.

En ese viaje utópico,fray Juan se mostraba convencido de que China podía aleccionar a Occidente sobre el buen modo de gobernar y mantener un gobierno justo. No conocía a Confucio, pero prefiguraba su presencia en la filosofía china. Su acertada explicación del sistema de oposiciones chino, el acceso al mandarinato, de tradición milenaria, supuso para muchos de sus lectores una auténtica sorpresa, acostumbrados en Europa a una promoción de los cargos de gobierno basada en razones de sangre y no en los propios méritos y capacidades personales.

Toda utopía tiene sus propósitos, y la de González de Mendoza no fue una excepción. En el momento de aparecer su obra (editada muy pronto, en 1586, en Madrid, y antes en Barcelona y Valencia tras su primera edición en Roma) un enconado debate tenía lugar en la corte de Felipe II: ¿de qué modo la Monarquía española podía lograr sus objetivos políticos, comerciales y evangelizadores en China? La respuesta no era nada fácil. Un grupo de presión, especialmente alimentado por las demandas de los españoles de Manila, abogaba por una conquista militar del «Gran Reino» siguiendo la estela de Hernán Cortés en México. Otros, entre los que se encontraban González de Mendoza, estaban convencidos de la única viabilidad de un proyecto pacífico, fiando la futura convergencia de los intereses chinos con los ibéricos a la suerte de la evangelización de China. Confiando, por tanto, en la labor de los misioneros.

Ése fue el paso de la utopía a la realidad porque, efectivamente, muy pronto, los jesuitas comenzaron a ofrecer en sus Avisos de la China, publicados en Italia a partir de 1586, noticias de sus progresos evangelizadores –lentos pero persistentes– en el reino de Wanli, dejando prácticamente sin opciones a agustinos y otras órdenes religiosas de ganar el preciado triunfo de la conquista, esta vez espiritual, de China.

Para mayor información:

SOLA, Diego. La formación de un paradigma de Oriente en la Europa moderna: la Historia del Gran Reino de la China de Juan González de Mendoza (tesis doctoral). Barcelona, 2015, 576 p. <http://www.tdx.cat/handle/10803/394731>.

*Diego Sola es doctor en Historia e investigador postdoctoral de la Universidad de Barcelona.

¿Estamos preparados para evaluar el conocimiento histórico?

Carlos Fuster García*

Hoy parece una obviedad señalar que el mundo ha cambiado. Son muchos los conceptos que definen a la sociedad actual: sociedad del conocimiento, sociedad de la información, sociedad conectada… El debate sobre si estamos entre la sociedad de la información o del conocimiento está abierto, incluso se habla de la sociedad del desconocimiento o de la sociedad del aprendizaje. Lo que parece estar claro es que el alumnado de educación secundaria dispone de una gran información a su alcance, pero en ocasiones no es capaz de transformarla en conocimiento. Y esta situación, en el caso de la Historia, viene provocada por la falta de competencias históricas necesarias que les permitan elaborar un discurso histórico propio.

Debate de similares características parece producirse en la actualidad en las escuelas. Por una parte, aquellos que entienden que la educación queda delimitada por unos estándares previamente definidos, que deben ser transmitidos a pesar de que en ocasiones estén carentes de significado para que los adolescentes los conecten y les sirvan para interpretar y criticar sus realidades cotidianas; y por otra, una no tan incipiente forma de entender la educación que cree que ésta no debe convertirse en una alud de conocimientos. En este sentido a la Historia se le ha atribuido la capacidad de mejorar la percepción del entorno social, construir una memoria colectiva y formar a ciudadanos responsables; sin embargo, en ocasiones, se ha acabado por imponer y por transmitir una idea de Historia enciclopédica, alejada de los problemas que importan a los estudiantes, y acabando por no proporcionar una Historia escolar al servicio de la sociedad.

No cabe duda de que, de las piezas que conforman el engranaje educativo, la evaluación del alumnado es uno de los elementos que más repercusión posee para las familias y la sociedad en su conjunto. Asistimos en España a una tendencia que ha acabado por otorgar a las evaluaciones externas internacionales y nacionales una relevancia notable. Y es en este escenario que acabamos de esbozar donde nos planteamos si estamos preparados para evaluar el conocimiento Histórico.

La evaluación se nos presenta con capacidad para influir directamente en qué aprendemos y en cómo lo aprendemos, pudiendo limitar o promover un aprendizaje significativo. De este modo, a través de la evaluación, el alumnado adquiere su idea de qué es el conocimiento histórico, cómo se elabora y cómo se transmite. Es por ello que, si repetimos el paradigma de la Historia como acumulación de hechos del pasado, la evaluación versará en comprobar la cantidad de conocimientos que posee el alumnado. Asumiendo, por tanto, que la memorización de contenidos sustantivos contribuye a la formación de una ciudadanía más capacitada. Por el contrario, si creemos en la necesidad de dotar al alumnado de las habilidades de la Historia disciplinar, perseguiremos una evaluación que permita la integración de destrezas de orden superior como el análisis, la interpretación y la creación de narrativas históricas.

Las investigaciones confirman algunas de las paradojas de la evaluación; así, a pesar de la teorización sobre la misma respecto de la mejora del proceso de enseñanza o de la capacidad de desarrollo crítico que debería promover ésta, lo cierto es que se repiten casi de forma mecánica las prácticas sobre evaluación y muchas de ellas consisten en la repetición de las ideas aprendidas del profesor. Se trata de un modelo de evaluación de los conocimientos históricos que se identifica durante la educación primaria, y que se refuerza a lo largo de la educación secundaria, llegándose incluso a plantearse en los cursos preuniversitarios, y en particular, en las Pruebas de Historia de España de Acceso a la Universidad (PAU). Modelo de evaluación en el que se constata la potenciación de la memorización de contenidos frente a un escaso tratamiento de la comprensión y aplicación de los mismos.

Nuestro desafío es crear instrumentos de evaluación más versátiles, capaces de integrar no solos conocimientos sustantivos de Historia, sino sobre todo el uso de destrezas o competencias históricas. ¿Qué ocurriría si en lugar de exigirles que repitieran los conocimientos históricos memorizados, les pidiéramos que demostraran la comprensión de la explicación histórica a través de las evidencias históricas haciendo uso del análisis, la interpretación o la argumentación?

Para mayor información:

Fuster García, Carlos. Pensar Históricamente. La evaluación en la PAU de Historia de España. Directores: Xosé Manuel Souto González y Jorge Sáiz Serrano. Tesis doctoral inédita, Universitat de València, Valencia. Departamento de Didáctica de las Ciencias Experimentales y Sociales, 2016. Disponible desde http://roderic.uv.es/handle/10550/55502

*Carlos Fuster García es Doctor en Didáctica de las Ciencias Sociales y Profesor Asociado de la Universitat de València. Facultat de Magisteri. Departament de Didàctica de les Ciències Experimentals i Socials.

En busca de la identidad catalana en la Época Moderna: historiografía y cultura

Xavier Baró i Queralt*

Uno de los temas más recurrentes en el discurso historiográfico catalán a lo largo de la Edad Moderna fue el estudio de la propia identidad, sobre todo el encaje entre esta identidad propia y la inmensa Monarquía Hispánica, de dimensiones ciertamente planetarias, como ha destacado Serge Gruzinski. El estudio de la evolución del discurso historiográfico catalán, desde las primeras muestras de la Época Moderna hasta los primeros escenarios de la contemporaneidad, puede dar pistas sobre cuáles eran los rasgos identitarios más destacados por los autores catalanes de ese período histórico.

Tradicionalmente, sin embargo, la historiografía catalana de la Época Moderna había sido menospreciada por los especialistas, porque se consideraba que no constituía más que un apéndice sin importancia de la historiografía medieval. Ahora bien, los últimos estudios, centrados directamente en la lectura y contextualización de las fuentes primarias, han puesto de manifiesto la importancia de esta historiografía. Tal y como afirmó el historiador francés Charles-Olivier Carbonell, la historiografía sigue a la historia, y sin duda alguna la historiografía de la Época Moderna catalana es imprescindible para entender mejor el pasado catalán de esos siglos. Nuestra propuesta pretende revisitar, pues, la historiografía barroca e ilustrada catalana.

Para llevar a cabo tal propósito es necesario acercarse a las fuentes primarias y, sobre todo, presentar las características más destacadas de la historiografía catalana de la Época Moderna, que pueden resumirse en las siguientes: la confesionalización católica contrarreformista (no en vano Andreu Bosc se sentía orgulloso de que los catalanes “podan blasonar no sols de les primicies de la Christiandat de Espanya, com està provat; però també del principi que·s rebé la Santa Inquisició en tota Espanya, foren los primers, los de Cathalunya, Rosselló y Cerdanya, ells foren els primers inquisidors de Espanya ja de l’any 1232”); las aportaciones individuales de cronistas como Jeroni Pujades, Esteve de Corbera, Manuel Marcillo o Narcís Feliu de la Penya, en su intento por elaborar una historia completa del Principado; la cesura que supusieron los dos principales conflictos armados (Guerra de los Segadores, Guerra de Sucesión), que dejaron textos de valor historiográfico desigual, pero que reflejan hasta qué punto se combatía tanto con la pluma como con la espada. Sin duda, en contextos bélicos el lenguaje se torna mucho más violento, y el político José Patiño no duda en afirmar que los catalanes son “aficionadísimos a todo género de armas, prontos a la cólera, rijosos y vengativos, que siempre se debe recelar de ellos, aguardan coyuntura para sacudir el yugo de la justicia, son muy interesados”.

Resulta también imprescindible tener presente la permanente reivindicación de un pasado glorioso (incluso sobre la expedición de los almogávares en el Imperio Bizantino, tan bien trazada por Francisco (o Francesc) de Montcada) e, incluso, la reflexión teórica sobre el oficio del historiador. Las cartas de Esteve de Corbera constituyen un fiel reflejo de la tarea del historiador barroco.

Todas estas características también se dejan sentir en el Siglo de las Luces, en el que sobresalió la escuela historiográfica vinculada al monasterio de Bellpuig de les Avellanes, de carácter erudito, o las aportaciones de la Universidad de Cervera, que reflejan la mediocridad cultural de una universidad apartada de los centros culturales de Barcelona. No en vano, el valenciano Gregorio Mayans afirmó taxativamente: “Cataluña no será sabia hasta que la Universidad se restituya en Barcelona”. Pero tras la victoria en el campo de batalla de la mano de Felipe V, el panorama en la segunda mitad del siglo XVIII era ya muy diferente al de los tiempos del Renacimiento y del Barroco, y Antonio de Capmany, nacido en Cataluña y fiel representante de la ilustración española, veía la lengua catalana como un “idioma antiguo provincial muerto para la república de las letras”.

En cualquier caso, iniciándose ya la época contemporánea, en la primera mitad del siglo XIX, el filósofo Jaume Balmes aún se preguntaba: ¿Hay en España verdadera nacionalidad? ¿Sí o no? ¿En qué consiste, sus causas, sus indicios? He aquí apuntado el objeto de una extensa obra”. La cuestión de la identidad catalana, pues, aún no se había resuelto.

Frase destacada

Iniciándose ya la época contemporánea, Jaume Balmes aún se preguntaba: ¿Hay en España verdadera nacionalidad? ¿Sí o no? ¿En qué consiste, sus causas, sus indicios? He aquí apuntado el objeto de una extensa obra”. La cuestión de la identidad catalana, pues, aún no se había resuelto.

Para mayor infor­ma­ción

 BARÓ i QUERALT, Xavier. L’escriptura de la història i la identitat catalana: de Jeroni Pujades (1568-1635) a Antoni de Capmany (1742-1813). Biblio 3W. Revista Bibliográfica de Geografía y Ciencias Sociales. [En línea]. Barcelona: Universidad de Barcelona, 25 de septiembre de 2016, Vol. XXI, nº 1.172.

<http://www.ub.es/geocrit/b3w-1172.pdf>. [ISSN 1138-9796].

* Xavier Baró i Queralt es pro­fe­sor de la Uni­ver­si­dad Internacional de Cataluña.

Las imágenes de los libros de texto de Historia y su relación con el código disciplinar

Juan Carlos Bel*

En las últimas décadas el lenguaje visual se ha establecido como un recurso comunicativo fundamental para las sociedades actuales. En este sentido, las instituciones educativas deben garantizar que el alumnado sea capaz de trabajar con mensajes de este tipo de forma crítica; en el caso de la enseñanza de la Historia, existe una gran variedad de fuentes históricas icónicas que pueden ser utilizadas para este fin. A pesar de esto, a la hora de considerar el tratamiento que reciben éstas en los libros de texto o el uso que se puede hacer de ellas en el aula, es necesario tener presente el peso de tradiciones y rutinas escolares muy extendidas, como las que caracterizan al código disciplinar de la historia escolar.

El uso de imágenes en los procesos de enseñanza-aprendizaje no se cuestiona en la actualidad, y la riqueza interpretativa y polisémica que caracteriza a estos mensajes ha hecho que se ponga el foco sobre ellos como un recurso didáctico esencial en los sistemas educativos actuales. Así, el currículo de Educación Artística es el que mejor pone en valor la importancia del lenguaje visual, pese a que las pocas horas que se asignan a esta materia en todas las etapas del currículo español hace pensar que el alumnado no está recibiendo la suficiente formación en este campo.

No obstante, el trabajo con mensajes icónicos no tiene por qué ceñirse únicamente a una sola disciplina. Desde otros ámbitos, como la Didáctica de la Historia, también se pueden hacer grandes aportaciones considerando, en todo momento, que el trabajo con fuentes icónicas debe ir siempre asociado a la alfabetización visual de los alumnos/as. En este proceso el alumnado debe desarrollar una serie de capacidades que le permitan aproximarse a los mensajes de este tipo de forma crítica, poniendo atención en todos aquellos matices que comunica la imagen y que tienen una repercusión directa o indirecta en la información transmitida.

En el caso de los libros de texto –o manuales escolares–, las innovaciones técnicas en el mercado de la edición escolar, el nuevo valor que se le atribuye a las imágenes o el hecho de que los manuales escolares sean productos de mercado, ha repercutido en la cantidad y clase de imágenes que ofrecen estos recursos. De este modo, los libros actuales de Historia contienen un gran número de fuentes históricas icónicas, tanto primarias como secundarias. Sin embargo, a la hora de examinar el uso que hacen de ellas los manuales es fundamental considerar el código disciplinar y el modo en que afecta este a los materiales didácticos. Este término, “código disciplinar”, fue acuñado por R. Cuesta y hace referencia al conjunto de ideas, suposiciones y rutinas que existen alrededor de la enseñanza de la historia y que atribuyen a esta disciplina una serie de valores educativos, contenidos y métodos de enseñanza tradicionales.

Si observamos su reflejo en el principal material educativo en que se ha basado (los libros de texto), podemos comprobar que el código disciplinar se caracteriza por considerar el texto de los manuales como la principal herramienta didáctica, un texto que debe ser memorizado por el alumnado para ser reproducido en las pruebas de evaluación. Respecto a los recursos gráficos de los libros de texto, además de subordinarlos al texto del manual, el código disciplinar considera a las imágenes como elementos decorativos o simples ilustraciones y no como fuentes históricas.

Captura del manual de Gallego y Álvarez (2013). Pese a incorporar cuatro fuentes primarias en estas páginas no plantea ninguna actividad sobre ellas
Captura del manual de Gallego y Álvarez (2013). Pese a incorporar cuatro fuentes primarias en estas páginas no plantea ninguna actividad sobre ellas

Todos estos factores tienen un gran impacto en las propuestas didácticas que hacen las editoriales mayoritarias. De ello se desprende el hecho de que, independientemente de la editorial o ley educativa bajo la que hayan sido editados los libros de texto, todos coinciden en el tipo de propuestas de trabajo sobre imágenes que plantean.

Así, los libros de texto de Educación Primaria más utilizados durante los últimos 25 años en el contexto de la Comunidad Valenciana han ofrecido en sus unidades de Historia muy pocas oportunidades para trabajar con imágenes a partir de sus actividades. Muchos de estos recursos son dibujos creados por los ilustradores de las editoriales y no fuentes primarias y las actividades planteadas sobre ellos no se distinguen en ningún aspecto de las basadas en fuentes primarias, pese a las grandes diferencias que existen al tratar la información obtenida de una fuente primaria y de una secundaria. Por otro lado, la mayoría de tareas propuestas para trabajar sobre imágenes suponen actividades mecánicas y puramente descriptivas, que no apuestan por la interpretación de la fuente ni por fomentar la reflexión y la formulación de respuestas creativas por parte del alumnado.

Con todo esto queremos llamar la atención sobre la necesaria reflexión que deben hacer docentes e investigadores alrededor de los materiales didácticos y los métodos de aprendizaje que transmiten. En la mano de maestros y profesores está plantear actividades alternativas que verdaderamente supongan una aproximación crítica al trabajo con fuentes históricas ya que en los libros de texto continúan primando unos modos de trabajo tradicionales que difícilmente pueden contribuir a estos objetivos.

Para mayor información:

BEL, Juan Carlos. Aprovechamiento de las imágenes en los manuales de Historia de Educación Primaria (1991-2016): Evaluación cognitiva y utilización didáctica. Trabajo Fin de Máster en Investigación en Didácticas Específicas, especialidad Ciencias Sociales: Geografía e Historia. Presentado en la Facultat de Magisteri de la Universitat de València, año 2016. Dirigido por el Dr. Rafael Valls Montés y Dr. Juan Carlos Colomer Rubio.

*Juan Carlos Bel es doctorando en Didáctica de la Historia en la Universitat de València.

¿QUÉ HACER CON LOS RESTOS ARQUEOLÓGICOS?

A propósito del Circo romano de Tarraco.

Estanislao Roca Blanch *

A menudo, en los casos en que una parte de la historia de la ciudad está oculta, surge la duda sobre cómo actuar: derribar las construcciones actuales para integrar en el paisaje urbano el esplendor de los restos arqueológicos o dejar las cosas como están y seguir interpretando la ciudad sepultada a partir de lecturas y documentos de conspicuos arqueólogos e historiadores. A mi modo de entender y en el caso de la Parte Alta de Tarragona, lo que cabe no es ni una cosa ni la otra, sino intervenir en la justa medida y en puntos concretos a fin de incorporar estratégicamente en el espacio público los restos de hace dos milenios, dejándolos dialogar de forma activa con el contexto urbano más actual. «Presencia y permanencia» podría ser el título del argumento o de la película. Presencia de la ciudad del siglo XXI y permanencia de los restos romanos formando parte del paisaje urbano. Actuaciones estratégicas de acupuntura urbana podrían favorecer esta relación y procurar una buena sintaxis y diálogo entre ambas culturas separadas por el tiempo y unidas por el espacio.

La Parte Alta de Tarragona es un palimpsesto donde la ciudad actual se superpone a la parte monumental de Tarraco, en tres terrazas sucesivas ocupadas de abajo a arriba por el Circo romano, el Foro provincial y la zona del Culto. El arte del buen establecimiento romano se concretaba en un proyecto que resolvía con brillantez la articulación de los distintos niveles y el encaje de las tres grandes piezas urbanas. Siendo así, uno de los principales atributos de su implantación radica en la buena relación de los elementos, subrayada en algún punto por la aparición de elementos de arquitectura singular como el Pretorio y la Torre de la Antigua Audiencia que permitían conectar el nivel del Circo con el del Foro provincial.

Planta del conjunto según R. Cortés y R. Gabriel
Planta del conjunto según R. Cortés y R. Gabriel

Hace dos décadas un equipo de arquitectos empezamos a trabajar en la mejora de la Parte Alta de Tarragona, sobre todo a partir de un proyecto que aportaba valor añadido a la reurbanización, peatonalización y mejora del tejido urbano, ya que en parte consistía en la reinterpretación del conjunto monumental a partir de unos criterios de diseño. Como ejemplo de aquella actitud proyectual se definió un cambio de material del pavimento para expresar la posición exacta del criptopórtico del Foro provincial, en este caso a base de travertino romano. En la plaza del Rei y la calle de Santa Anna, que es donde yo mismo más intervine, el pavimento de travertino romano coincide en una franja ancha en la plaza y sigue por la calle con un ancho que varía desde cinco centímetros a casi un metro, debido a la forma errática de la ciudad medieval superpuesta al criptopórtico de geometría regular.

Implícitamente con el simple cambio de pavimento además de mostrar la posición exacta del criptopórtico se explica como la calle en la ciudad medieval no venía configurada por un trazado rectilíneo, sino como resultado de la ocupación aleatoria de las edificaciones.

Encontraríamos otras habilidades semánticas para facilitar la interpretación de esta realidad por compleja que sea, antes de proceder al derribo de las construcciones existentes.

Intervención de Estanislao Roca en una bóveda del Circo. Foto del autor
Intervención de Estanislao Roca en una bóveda del Circo. Foto del autor

En el caso del Circo romano y concretamente en la plaza de la Font, que representa una cuarta parte de la Arena, lo cual nos da idea de su gigantesca dimensión de más de 300 m de longitud, las construcciones entre paredes medianeras situadas en la parte meridional de la plaza presentan un ancho homogéneo. Ello es debido a que aprovecharon la estructura portante del graderío del Circo para su construcción.

Superposición de la estructura del Circo a las construcciones existentes, años 90 según Salvador Tarragó. En color rojo se indica la intervención de la bóveda que corresponde a la imagen anterior
Superposición de la estructura del Circo a las construcciones existentes, años 90 según Salvador Tarragó. En color rojo se indica la intervención de la bóveda que corresponde a la imagen anterior

«sin necesidad de derribar las casas existentes se puede explicar esta coincidencia con una simple descripción mediática»

Así pues, en este caso sin necesidad de derribar las casas existentes se puede explicar esta coincidencia con una simple descripción mediática. Además, en alguna de las medianeras puede comprobarse la muestra de sillares de piedra de la cantera cercana del Mèdol de factura romana.

Algo parecido pasa en la ciudad de la Toscana, Lucca, donde las edificaciones que dan frente a la plaza elíptica del Anfiteatro aprovecharon para su construcción la estructura portante de graderío del equipamiento romano.

Quizás el ejemplo más directo al del Circo de Tarragona sea el de la Piazza Navona de Roma que sigue la configuración del área central del estadio del emperador Domiciano (81-96 dC) y en la que los graderíos y corredores se incorporaron a la subestructura de los edificios perimetrales.

P

«siguiendo con esta política sin límites, podría desaparecer una buena parte de un barrio, su identidad y parte de su historia» uede que la destrucción de un conjunto de edificaciones realizada en las últimas décadas esté justificada en el hecho de poder integrar los restos de la cabecera del Circo y de algún otro fragmento del graderío al espacio urbano y así ayudar a entender la totalidad del monumento. Pero lo cierto es que, siguiendo con esta política sin límites, podría desaparecer una buena parte de un barrio, su identidad y parte de su historia.

El dilema está planteado y, en cualquier caso, queda el reto a abordar en un Plan director, de saber vehicular la transmisión de la información de forma clara y procurar que las actuaciones tengan un carácter unitario y sobre todo, facilitar el acceso a nuestros restos arqueológicos, pues con ello colaboramos en crear un mundo más amable y más inclusivo.

Para mayor información:

Mar, R.; Roca, E.; Abelló, A. La recuperación del circo romano de Tarragona. LOGGIA. Arquitectura & Restauración, 1998, (6), p. 70–79. [ISSN: 1136-758-X]

* Esta­nis­lao Roca Blanch es doc­tor arqui­tecto y pro­fe­sor del Depar­ta­mento de Urbanismo y Orde­na­ción del Terri­to­rio de la Uni­ver­si­dad Poli­téc­nica de Catalunya. Cuenta con la Distinción Jaume Vicens Vives a la calidad docente universitaria 2011.

El “mapa de los presos” del campo de concentración de Logroño: patrimonio material y memoria escrita de la España (anti)franquista

Agustí Alcoberro*

Al finalizar la Guerra Civil, el número de reclusos en España superaba los 550.000. La mayoría de ellos se encontraban en campos de concentración o en batallones de trabajadores, en una situación que se prolongó hasta 1947.

El testimonio escrito de Francesc Grau en su novela autobiográfica Rua de captius resultó decisivo para conocer la función del mapa como instrumento de desmoralización y de humillación de los reclusos.

El “mapa de los presos” en la plaza de toros de Logroño antes de su derribo (arriba) y en su ubicación actual
El “mapa de los presos” en la plaza de toros de Logroño antes de su derribo (arriba) y en su ubicación actual

Entre 1937 y 1939, la plaza de toros de Logroño fue, como otros espacios públicos de la España de Franco, un campo de concentración. Al finalizar la Guerra Civil, el número de reclusos en España superaba los 550.000. La mayoría de ellos se encontraban en campos de concentración o en batallones de trabajadores, en una situación que se prolongó hasta 1947. Sin embargo, los campos de concentración de Franco continúan siendo prácticamente desconocidos, a diferencia de lo que ocurre con los campos de otras dictaduras fascistas, como Alemania o Italia, y también de países democráticos como la República Francesa (donde fueron a parar en 1939 medio millón de republicanos).

A diferencia de la Europa democrática que surgió de la II Guerra Mundial, la dictadura franquista se encargó posteriormente de liquidar cualquier vestigio de los campos y de cubrir con un tupido velo un episodio particularmente vergonzoso del régimen. Algo parecido ha hecho la democracia surgida tras la muerte del dictador, que se construyó (no hay que olvidarlo) sobre un pacto de amnesia entre la dictadura y las fuerzas mayoritarias de la oposición. Por ello, resulta particularmente revelador y digno de elogio el caso del “mapa de los presos” de la capital de la Rioja.

Objetivo 1: rescatar el mapa

Cuando en octubre del 2002 se procedió al derribo de la Plaza de Toros de Logroño, el profesor Carlos Muntión y un grupo de memoria histórica local se propuso preservar un mapa de España de grandes dimensiones que se creía que estaba relacionado con el campo de concentración que allí había funcionado. De hecho, aunque no se sabía exactamente su historia, la gente lo llamaba el “mapa de los presos”. Muntión pactó con la empresa encargada del derribo el desmontaje y el rescate del mapa, y también se puso en contacto con el Archivo Histórico Provincial. Pero, cuando iban a hacer efectiva la recogida de las 34 piezas de 40 cms. de lado en que lo habían partido, una dotación de funcionarios municipales y policías se apoderó de las piezas y las depositó en un almacén municipal. Por entonces gobernaba el Partido Popular con mayoría absoluta en el ayuntamiento, la comunidad autónoma y el gobierno central.

La lucha por recuperar el mapa oculto se prolongó durante más de doce años. La protagonizó la Asociación La Barranca por la Preservación de la Memoria Histórica en la Rioja. Dicha organización gestiona el Cementerio Civil La Barranca, construido sobre una fosa común donde fueron asesinadas y enterradas una 400 personas entre septiembre y diciembre de 1936. La entidad decidió que el cementerio podía y debía acoger el mapa cuando fuera liberado por las autoridades.

Y la ocasión llegó con el cambio de mayorías municipales. Un acuerdo promovido por las fuerzas de izquierdas, aprobado por el Pleno Municipal el 31 de julio de 2015, cedió la obra a la Asociación La Barranca para su ubicación en el cementerio civil.

Objetivo 2: rescatar el relato

Pero el combate no se planteó tan sólo en términos jurídicos o políticos. Antes había que vencer la batalla del relato. Desde los ámbitos políticos y mediáticos próximos al Partido Popular se afirmaba que el mapa no tenía ningún valor histórico, ni nada que ver con el campo de concentración. Y los partidarios de la memoria democrática tenían grandes dificultades para documentar su función en un período que ha dejado una muy escasa documentación escrita.

Por suerte, también esta batalla se ganó, en primer lugar con un documento de archivo; y en segundo, y ya de manera determinante, con el testimonio escrito del catalán Francesc Grau i Viader, que allí estuvo recluso.

El primer texto, conservado en el Archivo Histórico Provincial de la Rioja, contiene unas instrucciones firmadas el 26 de mayo de 1936 por el jefe de propaganda en los frentes en que se ordena que “en todos los Campos de Concentración se deberán ejecutar mapas de España en un tamaño mínimo de 2 por 2 metros, o sea 4 metros cuadrados”, en los que “una cinta, a ser posible de los colores nacionales, marcará la separación de las dos zonas”. Aunque la orden, como suponemos, fue generalizada, el mapa de Logroño es hoy por hoy el único vestigio de esta práctica.

Pero faltaba documentar su realización efectiva y su uso como instrumento de desmoralización y de humillación de los presos. Y aquí entra la memoria escrita. Francesc Grau i Viader (1920-1997), soldado de la República en la quinta del biberón, cayó prisionero en el frente de Cataluña en enero de 1939 y pasó por los campos de concentración de Logroño y Miranda de Ebro. Años después relató su experiencia en las novelas autobiográficas Dues línies terriblement paral·leles (1978), en que describe su actuación como soldado republicano, y Rua de captius (“Procesión de cautivos”, 1981), en que relata su experiencia en dichos campos. Ambas obras han sido reeditadas recientemente por Club Editor.

En 2014, en una breve estancia en Barcelona, Carlos Muntión compró esta última novela. Aunque no conocía la lengua catalana, en seguida comprobó que Grau describía con precisión la vida cotidiana en el campo de Logroño y, lo que resultaba aún más impactante, la liturgia organizada alrededor del mapa, donde día a día los carceleros alardeaban frente a los presos de las victorias “nacionales”. Esta vez la memoria escrita se aliaba con el patrimonio material y permitía construir un relato contundente y veraz.

Un epílogo (o dos)

El 10 de abril de 2015 la Asociación La Barranca celebró la colocación del mapa, con la presencia de la viuda y los hijos de Francesc Grau y de otros presos. Fue un acto muy emotivo y que contó con una gran participación. Cuatro días después, el 14 de abril, ochenta y cuatro aniversario de la proclamación de la República, un grupo anónimo profanó el espacio y ensució el mapa con lemas y símbolos fascistas.

El mapa escondido y ninguneado durante años se había convertido para siempre en un poderoso símbolo de memoria.

Para mayor información:

Dossier: “Plaza de Toros de Logroño. Campo de Concentración”, Piedra de rayo. Revista riojana de cultura popular, 47 (marzo 2016). piedraderayo@hotmail.com

Grau i Viader, Francesc: Rua de captius. Barcelona: Club Editor, 2014 (está prevista la edición de la versión en lengua castellana de la obra en enero de 2017).

*Agustí Alcoberro es profesor de Historia Moderna en la Universidad de Barcelona

Nuevas aportaciones a la iconografía hispánica del darwinismo

15 de mayo, 2016 by F. Xavier Vall Solaz

Se ha producido un auge del estudio de las representaciones visuales de la ciencia, no solamente como productos artísticos o soportes gráficos, sino como medios de proyección cultural y social, en los que se combinan arte, ciencia, filosofía, literatura… Contrastando con otros países, particularmente la Gran Bretaña, la iconografía darwinista y antidarwinista hispánica a pesar de algunas aportaciones, entre las que destacan las de A. Gomis y J. Josa, aún se ha desarrollado poco. Primordialmente en el curso de otras investigaciones, he ido encontrando diversas muestras, la mayoría desconocidas, creadas o reproducidas durante el siglo xix en Cataluña, particularmente en Barcelona, o en una revista editada por emigrantes catalanes en los Estados Unidos, La Llumanera de Nova York.

Los tratamientos del tema responden a representaciones habituales de la naturaleza, del pasado o de la ciencia.

Abundan imágenes relativas al darwinismo en varios formatos: una escultura presentada en la Exposición Universal de 1888, publicaciones periódicas (generales, culturales, humorísticas…), libros originales o traducidos (científicos, divulgativos, literarios…), la decoración de la Biblioteca Pública Arús, álbumes artísticos, fotografías, etiquetas comerciales…

A partir de la documentación del Archivo Histórico de la Oficina Nacional de Patentes y Marcas, de Madrid, se precisan los orígenes de la tan controvertida etiqueta de Anís del Mono, que, a pesar de que lleva la fecha de 1870, fue registrada en 1878, cuando las polémicas en torno del darwinismo eran especialmente candentes. Aunque a menudo la imagen se ha interpretado como antidarwinista, la empresa, además de no tener inconveniente en anunciar su producto en publicaciones predominantemente darwinistas, donó botellas del mismo a una tómbola benéfica del Ateneo Libre de Cataluña, fundado aquel año como reacción a la prohibición de conferencias positivistas y darwinistas en el Ateneo Barcelonés.

Apel·les Mestres, Llibre Vert, vol. 2, imagen 35. Arxiu Històric de la Ciutat de Barcelona, Departamento de Gráficos, 15467-15468.
Apel·les Mestres, Llibre Vert, vol. 2, imagen 35. Arxiu Històric de la Ciutat de Barcelona, Departamento de Gráficos, 15467-15468.

Además de reproducirse imágenes propiamente darwinistas de Haeckel, R. Loewenstein y H. Montford, se presentan como tales otras el «hombre fósil» imaginado por el escritor P. Boitard y dibujado por J. C. Susemihl, las analogías de S. Schack entre fisonomías humanas y animales y la escena de los monos jugando al billar de P. F. Meyerheim,). Por otra parte, crean representaciones propias, si bien a veces inspirándose en las extranjeras, artistas hispánicos y, en especial, catalanes: J. L. Pellicer, J. Bastinos, A. Maestros, M. Foix Prats, J. de Pasos, F. Badillo Rodrigo, J. Serra Pausas, F. Gómez Soler, J. Costa Ferrer, M. Camón Torra… A pesar de que predominan las ilustraciones darwinistas y sus autores son más famosos, no faltan otras de signo contrario.

mientras que los darwinistas integran el hombre en la naturaleza, los antidarwinistas muestran como degradante el parentesco animal.

Los tratamientos del tema responden a representaciones habituales de la naturaleza, del pasado o de la ciencia: las secuencias evolutivas (incluyendo la búsqueda de los ancestros), a veces parodiadas, la animalización del hombre (a menudo como simio), la humanización de los animales (particularmente de los primates) y la mitificación del científico (sobre todo Darwin). Mientras que los darwinistas integran el hombre en la naturaleza, los antidarwinistas muestran como degradante el parentesco animal.

Para mayor información:

VALL I SOLAZ, Francesc Xavier. Representacions visuals catalanes del darwinisme durant el segle xix. Actes d’Història de la Ciència i de la Tècnica. Barcelona: Societat Catalana d’Història de la Ciència i de la Tècnica (Institut d’Estudis Catalans), 2015, vol. 8, p. 85-136. <http://revistes.iec.cat/index.php/AHCT> (revista) y <http://revistes.iec.cat/index.php/AHCT/article/view/140801> (artículo).

F. Xavier Vall Solaz es miembro del Departament de Filologia Catalana de la Universitat Autònoma de Barcelona y del Centre d’Història de la Ciència (CEHIC). El artículo se inscribe en el proyecto HAR2012-36204-C02-02.

La medida de la Tierra y el origen de la geografía

Antonio T. Reguera Rodríguez*

La medida de la Tierra ha sido un objetivo científico de primer orden desde que el pensamiento racional inició un desarrollo autónomo buscando explicaciones en la propia naturaleza o mundo real; es decir, desde el surgimiento de la Filosofía y de la Ciencia. Es fácil entender que han sido varias las disciplinas implicadas en el intento, aunque queremos destacar el papel de la geografía.

La tesis que cobra fuerza con el desarrollo de nuestro trabajo es la de que la propia medida de la Tierra fue el proceso constituyente de la geografía como disciplina científica. A un discurso descriptivo ya ampliamente desarrollado en el siglo V a., con la obra de Herodoto, por ejemplo, se une en paralelo el curso de una geografía matemática que reconoce sus fuentes y tributarios en la observación astronómica y en el descubrimiento del concepto y cálculo de la latitud. Para entonces, cuando Aristóteles enseñaba a sus discípulos el uso de un primitivo astrolabio y les mostraba que en un eclipse de Luna, en la superficie de ésta, se reflejaba la curvatura de la Tierra como cuerpo esférico que era, ya estaba en marcha el gran programa científico que implicaba a toda la ciencia griega. Nadie de forma explícita y unitaria formuló tal programa, pero fue real. En torno al conocimiento de la Tierra se desarrollaron cinco líneas de investigación.

1ª .Su posición en el Cosmos. Formulaciones geocéntricas, geoestáticas y otras alternativas. Primeras intuiciones heliocéntricas.

2ª. Debate y propuestas a favor de la esfericidad después de la hipótesis pitagórica contenida en sus afirmaciones sobre la existencia de antípodas.

3ª. Tras la forma, se suceden las indagaciones sobre su tamaño. El propio Aristóteles nos proporciona las primeras medidas.

4ª. Las primeras percepciones, muy inciertas, sobre el tamaño abren el camino a las hipótesis sobre la configuración, o reparto de tierras y mares. Fue Sócrates, momentos antes de morir, quien habló en genial intuición de la existencia de ecúmenes múltiples.

5ª. Los referentes astronómicos y las relaciones matemáticas y geométricas que servían para medir la Tierra también eran aplicables para su representación. El primer desarrollo de una cartografía científica forma parte igualmente del propio desarrollo de la geografía matemática.

La medida de la Tierra, cuyos primeros ensayos se documentan entre los finales de los siglos IV y III a.

fue el proceso constituyente de la geografía como disciplina científica

Aristóteles enseñando a un grupo de discípulos la utilización de un instrumento de observación y cálculo astronómico (Topkapi Palace Museum, Miniatura turca del siglo XIII)
Aristóteles enseñando a un grupo de discípulos la utilización de un instrumento de observación y cálculo astronómico (Topkapi Palace Museum, Miniatura turca del siglo XIII)

En el objetivo central del programa, que era la medida de la Tierra, el personaje principal fue Eratóstenes. Ocupando el puesto de mayor relevancia científica de la época (siglo III a.), que era la dirección de la Biblioteca de Alejandría, supo ensamblar la observación de las sombras en Alejandría y Siena, la relación entre ángulos alternos, uno de los cuales equivalía al arco entre las dos ciudades, y la distancia geográfica entre ellas. Obtuvo el resultado, tras un redondeo en el valor del grado, de 252.000 estadios, que con el estadio medio egipcio que se supone utilizaba equivalían a los 40.000 Km., también redondeados, que se estiman en la actualidad. Entonces la Tierra de Eratóstenes era una Tierra bien medida, pero no se podía comprobar experimentalmente, y de hecho no quedarían certificados estos datos hasta el siglo XVIII. Pero los principios del cálculo y el método eran científicamente incuestionables, lo que incentivó otros muchos ensayos. El más conocido es el realizado por Posidonio en el arco Alejandría-Rodas, de donde salió el resultado de los 180.000 estadios que validaron Marino de Tiro y Claudio Ptolomeo. Era el modelo de “Tierra pequeña” que tanto ayudó a Colón a hacer los cálculos que más favorecían su empresa de navegación hacia el Oeste.

Todavía está por discernir si la Tierra de 252.000 estadios de Eratóstenes es diferente a la de 180.000 de Ptolomeo, mientras no pueda determinarse el valor del estadio en cada caso.

Marino y Ptolomeo son dos productos tardíos de la ciencia helenística que viven en plena exaltación del imperialismo romano, aunque desarrollan su obra al margen de la romanización. Ésta se identificó más con la producción ideológica que con la investigación científica. Ningún avance de importancia experimentó la geografía matemática en este periodo; y apenas alguno la geografía descriptiva. Séneca maldecía los nuevos descubrimientos porque atraían las legiones que llevaban la guerra. La Tierra se hacía más pequeña, y no era esta la situación más favorable para seguir indagando en su medida.

Pero el mayor apoyo a la idea de una Tierra pequeña lo encontramos en los máximos representantes de la exégesis bíblica, que en los albores de la Edad Media tratan de empequeñecer el mundo para adaptarlo mejor al modelo geográfico de la Biblia. Esto en un primer momento, porque cuando se imponga la impugnación general de la ciencia griega, la propia forma de la Tierra volverá a la planicie precientífica. Y entonces, ninguna de las medidas propuestas tenía ya sentido. La Tierra tomaba la misma forma que el Tabernáculo en el que se guardaban las verdades reveladas que hacían innecesario mirar al mundo, y mucho menos para medirlo.

En esta como en cualquiera otra época, los frenos al conocimiento científico pueden ser tan fuertes, que nadie está en condiciones de asegurar que la línea que lo representa sea constantemente ascendente.

Para mayor información:

REGUERA RODRÍGUEZ, Antonio T. La medida de la Tierra en la Antigüedad. León: Universidad de León, 2015.

*Antonio T. Reguera Rodríguez

Catedrático de Geografía Humana

Universidad de León

Una fundación romana: Lugdunum Convenarum

Luis Amela Valverde

No es ningún secreto decir que el mundo romano era un mundo de ciudades. Dónde no había centros urbanos, Roma los creaba. Durante el periodo de la República Romana Tardía (133-27 a.C.), este papel lo jugaba fundamentalmente los imperatores, en un afán tanto de protagonismo como de solventar los problemas de carácter administrativo y social que atravesaba en aquel tiempo Roma.

Cn. Pompeyo Magno (cos. I 70 a.C.) fue uno de los políticos más destacados en este aspecto, tanto en Oriente como en Occidente. En parte, su actitud se debía a su intento de emular la figura del conocido monarca macedonio Alejandro Magno (336-323 a.C.), entre cuyos atributos más característicos se encontraba su afán de «colonizar».

Las fuentes literarias revelan que este hecho ya era tenido en cuenta por la Antigüedad: Apiano informa que Pompeyo fundó ocho ciudades en Capadocia y una veintena entre Cilicia y Celesiria; Plutarco da la cifra de treinta y nueve ciudades. Pero no nos tenemos que dejar engañar por estas cifras, ya que muchas de estas «fundaciones» no eran más que dotar de un sistema administrativo adecuado a los intereses romanos a la comunidad en cuestión.

Esta fue la política seguida por Pompeyo en Occidente: concentrar la responsabilidad administrativa en unos pocos grandes núcleos sobre el resto de poblaciones y unidades étnicas vecinas, como había hecho su padre Cn. Pompeyo Estrabón (cos. 89 a.C.) en la Galia Cisalpina, mediante la conocida lex Pompeia de Transpadanis. Si no existía un núcleo que reuniese las características necesarias para tal función, consideraciones de carácter estratégico podían determinar establecerlo. Este fue el caso de Lugdunum Convenarum (Saint-Betrand-de-Comminges, dept. Haute Garonne, Francia) creada,junto con Pompaelo (Pamplona, prov. Navarra) y Gerunda (Girona, prov. Girona), durante la Guerra Sertoriana (82-72 a.C.).

Lugdunum Convenarum fue creada sobre la base de su magnífica situación estratégica, en el cruce de importantes rutas comerciales, y con importantes recursos naturales, desde la cual se podía controlar los pasos montañosos de esta zona, ya que vigilaba el Alto Garona (pasos de Somport y del valle de Arán hacia Hispania) y las rutas en dirección al gran nudo de comunicaciones que era Tolosa (Toulouse, dept. Haute-Garonne) así como hacia la Gallia Comata. No debe pasar desapercibido que los ejércitos de Hispania que luchaban contra Q. Sertorio (pr. 83 a.C.) tenían sus cuarteles de invierno en las llanuras del río Garona y en el Languedoc.

Debido a que la población lleva un nombre indígena, la fundación de Lugdunum Convenarum no habría sido ex novo, por lo que Pompeyo, aparte de la contribución de población humana en un antiguo oppidum indígena, habría efectuado algunas reformas de carácter urbanístico. Pero, desde el punto de vista arqueológico, no se encuentra pruebas de su existencia hasta tiempos del emperador Augusto (27 a.C.-14 d.C.), por lo que se ha dudado de la veracidad sobre la fundación pompeyana de esta localidad. Más bien, posiblemente el establecimiento fundado en este lugar por Pompeyo fuera de pequeñas dimensiones, por lo que sea difícil su identificación. Si fuera así, Lugdunum Convenarum no sería más que una modesta guarnición fronteriza que marcaba el límite del control directo por parte de la administración romana en la Galia occidental.

Termas y foro de Lugdunum Convenrum, con la catedral medieval de Saint-Betrand-de-Comminges al fondo
Termas y foro de Lugdunum Convenrum, con la catedral medieval de Saint-Betrand-de-Comminges al fondo

Las fuentes mencionan que Pompeyo pobló Lugdunum Convenarum con hispanos: San Isidoro de Sevilla menciona que fue colonizada por vascones, mientras que San Jerónimo nombra a vectones -vettones-, arrebaci -arevaci- y celtiberi, quienes habían sido obligados a bajar de los Pirineos, donde se habían refugiado, pues habían apoyado la causa de Sertorio contra Roma. La ubicación de estas gentes hispanas en la nueva población puede deberse a que, después de haber intentado resistir inútilmente, ofrecieron su rendición a Pompeyo quien, hábilmente, los trasladó desde sus tierras natales al sur de la Galia. En este sentido, hay que tener que, tras la muerte del sucesor y asesino de Sertorio, M. Perperna Veiento (pr. ca. 83 a.C.), Pompeyo acogió a muchos de sus soldados.

Pero Pompeyo no sólo incluyo a hispanos en Lugdunum Convenarum, sino también a nativos aquitanos,formando de esta forma la etnia de los Convenae, lo que daría validez a las palabras de San Jerónimo: cum-venire, «gente venida de todas partes». De esta palabra deriva el moderno topónimo Comminges, nombre actual de la comarca donde se asienta Saint-Betrand-de-Comminges. De esta forma, los Convenae no serían una antigua población prerromana, sino una creación de Pompeyo. No tiene nada de particular: los romanos parece que articularon a comunidades indígenas para formar con ellos a: galaicos, cántabros, astures y vascones.

En cualquier caso, la política de Pompeyo sobre los antiguos partidarios de Sertorio, a los que asentó en Lugdunum Convenarum (y, muy posiblemente, en otros centros), recuerda asimismo el mismo tratamiento que Pompeyo dispensó a los vencidos piratas no mucho tiempo después (67 a.C.), al ubicarlos en varios centros despoblados, especialmente en la región anatólica de Cilicia, con el objeto de reconciliar Roma con sus antiguos enemigos, dándoles una oportunidad para adaptarse a las condiciones de la paz que se les había impuesto.

La integración definitiva de los Pirineos dentro del control político, administrativo y fiscal romano comienza precisamente con las actuaciones de Pompeyo en la región, cuyos pivotes fundamentales serían la fundación de Lugdunum Convenarum y el pacto con los Vascones (con la transformación de una de sus poblaciones en Pompaelo). No en vano, Lugdunum Convenarum, Pompaelo y Gerunda, presentan una característica común: su magnífica posición estratégica, dominando rutas comerciales y militares de importancia.

Para mayor información:

AMELA VALVERDE, Luis. Pompeyo y Lugdunum Convenarum. Biblio3W. Revista bibliográfica de geografía y ciencias sociales. [En línea]. Barcelona: Universidad de Barcelona, 15 de febrero de 2016, vol. XXI, nº 1.1150. http://www.ub.edu/geocrit/b3w-1150.pdf. ISSN: 1138–9796.

Luis Amela Valverde es Doctor de Geografía e Historia por la Uni­ver­si­dad de Barcelona.